Carta de lectores: “Los que nos fuimos”

Julio Zanetta, un ex habitante de Piamonte, escribió una sentida carta de lectores dirigida, especialmente, a quienes abandonaron la localidad por diversas razones. La misma fue publicada, en primer lugar, en la revista La Rotonda, pero la reproducimos por este medio, ya que las audiencias no son las mismas.

Procesión61

Procesión del día de San Antonio (1961). La imagen es ilustrativa por el año y fue extraída del grupo de Facebook, “Piamonte”. 

Los que nos fuimos

 

 No pretendo, al abordar este tema, atribuirme la representatividad de las personas que, a lo largo del tiempo, tomaron la decisión de dejar el terruño y partieron en busca de nuevos horizontes. Solamente intentaré exponer aquí las sensaciones que este hecho produjo en nosotros; en quien escribe y en un importante núcleo de coterráneos, de cuyas opiniones tomo conocimiento en oportunidad de encuentros que solemos mantener. En esos encuentros, colmados de anécdotas y recuerdos, se citan profusamente la infinidad de acontecimientos que nos tuvieron como protagonistas o testigos, acaecidos mientras habitábamos el “pago viejo” que, como queda dicho, un día abandonamos.

Es por eso que me tomaré la licencia de pluralizar el relato, convencido de contar con la complicidad de aquellos que, repito, me han manifestado su parecer al respecto. Si alguien no lo aprueba, pongo a su disposición, humildemente, un  contundente pedido de disculpas.

Sorprende el número de gente involucrada, considerando que acontece en una población  que nunca mostró superabundancia de habitantes, y esto lo hace particularmente interesante. Aún reconociendo que el tema  es de rigurosa actualidad planetaria, en nuestra Argentina es usual, transformándose, históricamente, en un proceso sistemático. Las migraciones internas reproducen a aquellas originarias inmigraciones que protagonizaron  nuestros ancestros, y que, al parecer, dejaron su impronta.                                                                                           

Las causas son numerosas, y cada cual exhibe las suyas; pero hay que señalar la reiteración de algunas, que son de recurrente afinidad para la mayoría de los casos.

Nos marchamos en familia, en pareja, en compañía o en soledad. Nos fuimos yendo lentamente, con intermitencias, o lo hicimos repentinamente. Diversidad de motivos influyeron para que esto aconteciera, y la singularidad del hecho consiste en demostrar, claramente, que a través de los años, una  considerable cantidad de habitantes optó por dar este no tan sencillo paso de abandonarlo todo, y ausentarse del pueblo.

El más frecuente de esos motivos, el detonante del éxodo de la mayoría, fue la falta de oportunidadades que nos  posibilitaran acceder al anhelado crecimiento personal, en el plano social, cultural o económico.

Emigramos en pos de un emprendimiento comercial o de un trabajo bien remunerado y con perspectivas de progreso, o de la posibilidad de obtener, estudio mediante, ese tan ansiado título. Lo hicimos por el llamado de alguien que nos antecediera en el viaje para que nos traslademos con ellos, asegurándonos provechosas oportunidades, o por un problema de salud que encuentra en otro lugar su solución. Muchos fuimos a las distintas universidades, y optamos, una vez recibidos, por ejercer la profesión fuera del terruño, al amparo de condiciones más ventajosas. Citamos también a los que nos ausentamos para unirnos a un afecto, proyectando la concreción de una nueva vida, o los que, simplemente, decidimos mudarnos a otra población “más importante”. Podríamos citar otros, pero creemos haber referido a los principales.

Está establecido el concepto de que nadie abandona a su tierra natal, si en ella encuentra la posibilidad de realizarse en plenitud, pero no siempre es así. La imprevisibilidad del hombre, sus circunstancias, ambiciones, sueños e inquietudes, a veces, rompen con las reglas. De allí la insistencia en destacar que las causas de la partida, son variadas e íntimas. El ser humano, consecuente con sus expectativas, está siempre en la búsqueda de su destino, de su lugar en el mundo, y eso es de exclusiva definición personal.

Y nos fuimos…., pero al irnos nos llevamos una voluminosa cantidad de recuerdos de aquellos años transcurridos  en este entrañable pueblo. Quedan así, grabadas para siempre, las vivencias de  ese tiempo en el que nosotros, fuimos también Piamonte, y formamos parte de su población en pleno estado de pertenencia.

Esos recuerdos nos remiten a la Escuela Primaria, al cine Sociedad Italiana, al Club Atlético, la Federación Agraria, la Iglesia, la Comuna, el Correo, la Usina, la Estación Ferroviaria, la Biblioteca, el Colegio Secundario, sólo por citar a lo más representativo. Destacamos a los que aluden al abarcador, diario paisaje; esa cotidianeidad tangible y peculiar, amalgama de naturaleza y construcciones que nos acunó, cobijó y contuvo;  cuadro que concebimos a partir del instante en que adquirimos la aptitud de fijar imágenes y elaborar recuerdos, colmándonos de reminiscencias.                                                                                                                                        

Rememoramos a la casa paterna, al barrio, a la hermosa y florida plaza; a calles, veredas, edificaciones, casas de familia, baldíos, caminos, chacras; todos, para nosotros, lugares emblemáticos. Es de resaltar la preeminencia que tienen las referencias a la familia, la niñez, los amigos, la escuela, los juegos infantiles, el colegio, las  aventuras juveniles, por sobre el cúmulo de reminiscencias de ese excepcional tiempo vivido.                                                       

Evocamos a la gente!!!, a aquellos con los que compartimos el mismo espacio temporal y físico, y que  escenificamos junto a nosotros, reconociéndoles la influencia que tuvieron, al entregarnos esa enseñanza no escrita, pero sí ejercida, que es el ejemplo. Hombres y mujeres con los que convivimos, y que nos brindaron, a través de sus profesiones, oficios o trabajos, todo lo necesario para nuestro crecimiento como seres humanos.               Mencionamos además, porque nobleza obliga, a los llamados personajes, esos seres tratados con desdén, burla, y escarnio. Esas actitudes, esto hay que decirlo, observadas en retrospectiva, merecerían de aquella sociedad un contundente arrepentimiento.

Los comercios que memorizamos son, básicamente, las dos grandes casas de ramos generales, las características tiendas, almacenes, despensas, verdulerías, carnicerías, panaderías, relojerías, farmacias, peluquerías, sastrerías y bazares. Las tres estaciones de servicio, los talleres, herrerías, fábricas de muebles, de soda y hielo, de ladrillos, talabarterías, zapateros remendones y algunas pequeñas industrias. Párrafo aparte para los kioscos de revistas, que nos nutrían de lecturas permanentemente.                                                                                                                   

La totalidad de ellos nos eran  identificables y conocidos, una especie de gran familia, establecidos en cada barrio, a lo largo y a lo ancho del pueblo

Los repartos de pan, carnes, verduras y leche a domicilio, con las tradicionales “jardineras” de tracción a sangre. El ama de casa, prácticamente no salía de compras, iban por ella; lo mismo acontecía con los heladeros, el  correo y los diarios y revistas.                                                                                                                                                             

Los bares!! Como el inolvidable Plaza, que para muchos de nosotros fue cita ineludible y fuimos sus consecuentes parroquianos con asidua, diaria concurrencia; el Unión, el Hotel Central, la Sede del Club, y unos cuantos más, diseminados por toda la geografía urbana. A estos hay que sumarles a los “boliches” de campo, verdaderos “poli rubros”, generalmente emplazados en cercanías de una escuela rural, creados por necesidad social, como centro de reuniones para solaz y esparcimiento de sus vecinos, conspicuos visitantes.                                                              

Memoramos al pueblo con sus calles de tierra, polvorientas e irregulares, que se transformaban en verdaderos lodazales con las lluvias, y que en los rigurosos inviernos lucían  blancas, producto de las copiosas heladas y del riego con agua salobre. Las mismas calles que en los tórridos veranos, cuando la puesta de sol preanunciaba el ansiado descenso de temperatura, convocaban a cumplir con el ritual de “sentarse en la vereda” en procura de “aire fresco”. La imagen de los vecinos protagonizando ese tan preciado contacto que les posibilitaba sostener agradables encuentros verbales, es maravillosa. Qué contundente muestra de sociabilidad!!                                          

Era precisamente en esos momentos en que hacía su aparición el conocido y viejo regador, derramando sobre ellas la misma agua, pero con diferentes efectos; básicamente humedecía la tierra, aplacándola, pero además provocaba la formación de pequeños charcos, que rápidamente eran invadidos por miles de mariposas multicolores, convirtiendo a aquellas tardecitas en un ameno, placentero espectáculo; simplemente inolvidable.

Tan inolvidable como las panorámicas salidas y puestas de sol, a cielo limpio, a puro horizonte y policromía. Este regalo de la naturaleza es uno de los más significativos arraigos visuales que conservamos.

No se nos escapa manifestar que también nos acordamos de situaciones que, por cierto, no fueron gratas. Momentos difíciles que experimentamos en calidad y cantidad. Pero… por aquello de que “la memoria es selectiva”, los posicionamos en un segundo plano, optando por destacar a los más placenetros.

El anecdotario que podríamos continuar describiendo es inagotable e imposible de detallar por su vastedad, y como tal,  permanecerá  en  nuestras memorias por siempre, y para siempre.

Nos fuimos; pero identificados con  aquella universal definición que sentencia: “la niñez es la patria del hombre”, tomamos acabada conciencia de lo que significó este hecho.  Fue en Piamonte donde nacimos, aprendimos a  caminar, hablar, leer y escribir, a ser amigos, a amar y ser amados. Y es ahí precisamente donde concretamos los primeros y fundamentales pasos por la vida, y es, también ahí, donde descansan nuestros seres queridos. Suficiente motivación para que, regularmente, estemos volviendo. Al hacerlo, nos reencontramos con el inicio de nuestras vidas, desarrolladas dentro de un acogedor entorno natural que imaginamos insuperable; definitivamente, siempre será nuestro terruño, el mejor de todos.

Las sensaciones que prevalecen en cada retorno son variadas y complejas. Con el implacable paso del tiempo, el pueblo, como debe ser, va modificándose con evidentes signos de progreso, hecho que mucho nos alegra. La dificultad consiste en que, debido a esas transformaciones, se nos van mutando las referencias, rectificando los decorados, y trastocando las imágenes que nos lleváramos atesoradas en aquella fantástica valija, que junto al resto del equipaje, nos acompañó en nuestra partida.

Con cada regreso, le proporcionamos a nuestras reminiscencias la oportunidad de actualizarse, ampliarse y potenciarse, obligándolas a que nos acrecienten con sus remembranzas, la generación de nuevos y  gratos momentos evocativos.                                                                                                                                                                                 Hay una peculiar estimulación que nos genera alegría cuando aún escuchamos un “Ma Bahhh”, o alguna expresión en el casi olvidado dialecto fundador, que tantas veces oímos cuando habitábamos el pueblo, además del placer de percibir que aún, a pesar del paso del tiempo, existen costumbres, voces y  lugares que no han sufrido modificaciones.

Es de resaltar el hecho de que ya no existe para la mayoría de nosotros, la casa paterna, y ha disminuido considerablemente el número de familiares directos, a la vez que se ven naturalmente reducidas las viejas relaciones. Aún así, seguimos retornando con el pleno convencimiento de que lo seguiremos haciendo mientras “el cuerpo aguante”, y a pesar de las alteraciones mencionadas, porque lo disfrutamos.                                                   

Nos informamos por los distintos medios que tenemos hoy a nuestro alcance, de las novedades que se generan en el pueblo, pero el deseo que se impone, es el de visitarlo para verificar en el lugar, transformaciones y acontecimientos sucedidos.                                                                                                                                                           Es imprescindible advertirles a los actuales habitantes, que a pesar del tiempo transcurrido, cuando se trata de identificarnos con el terruño, lo hacemos enfáticamente, demostrando que Piamonte, aún es asumido por nosotros, con modestia pero con firmeza, como nuestro.

Y para cerrar, pondré fin a este relato expresándome de manera personal, anhelando, una vez más, que mis coterráneos me lo consientan y aprueben.

Al reunirme con mis amistades, las “nuevas” amistades, es usual que les comente cuando decido visitar al pueblo. Surge la pregunta: Julio, así que viajás a Piamonte?;  Yo respondo si…, voy a MI CUNA.

Apreciado lector, abusando de su paciencia, le voy a pedir un pequeño ejercicio de imaginación, a saber: deberá concebir en su mente una cuna cualquiera, la que a usted se le ocurra, con un bebé en su interior. La cuna en cuestión, luce profusamente ornamentada por una considerable cantidad de adminículos que penden sobre ella, a los que unificaremos, llamándolos simplemente sonajeros. Se exponen a los efectos de que su luminosidad, sonidos y colores, al ser percibidos por el bebé, provoquen en él una sensación de alborozo.                              

Con un vigoroso agitar de brazos y piernas, y una hermosa sonrisa, el bebé manifiesta su alegría, conmovido por la  visión del entorno detallado. Los sonajeros cumplieron acabadamente con su cometido;  el niño, ES FELIZ!!

Y concluyo; si afirmo que Piamonte es MI CUNA, determino enfáticamente que: el entrañable ramillete de amigos/as de la infancia que aún poseo, con los que me reencuentro con total naturalidad, como antaño solíamos hacerlo, desestimando al tiempo transcurrido de separación que media entre nosotros, desprovisto de todo condicionamiento y con enorme carga afectiva evidenciada en ese sincero abrazo que nos prodigamos. Entonces; por todo lo expuesto, determino: Que ELLOS…., ellos no significan para mi otra cosa que: ¡¡LOS  SONAJEROS  DE  MI  CUNA!!

Noviembre/2017-     

Julio_zanetta@yahoo.com.ar                     

 

Categorías: Sociedad

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1 Comentario »

  1. Muchos estudiosos sostienen que la información que más perdura en el subconsciente es aquella que ingresa al mismo en los primeros años de la vida.- Todo lo que se experimenta y aprende en ese lapso, se convierte después en conocimiento fundamental, condicionando los hábitos de las personas a largo de su existencia.-

    Como esa información está llena de personajes, lugares, costumbres, diversiones, alegrías cotidianas, etc.… por una simple ubicación de acontecimientos en el tiempo y el espacio, todos aquellos que en su juventud migran de su terruño, vayan donde vayan, siempre sentirán aquel lugar de origen como SU LUGAR en el mundo.-

    Generalmente se recuerdan la etapa de la niñez como una de las mejores de la vida.- Tal vez eso sea discutible; porqué pese a las alegrías y los inevitables malos momentos que generalmente vienen después, las siguientes (inclusive la vejez) también tienen su encanto.- Están llenas de experiencias, que debidamente comprendidas y asimiladas, ofrecen la posibilidad de formarnos y madurar como personas.-

    Lo fascinante de la existencia deviene de esa característica de aprendizaje constante, donde en cada momento, una sucesión de pruebas forjarán el crecimiento espiritual nuestro ser.-

    Mas, sin quitar veracidad a lo dicho, la infancia se perfila como una de las mejores etapas.- En ella, todas los acontecimientos que nos sorprenden y conmueven, llegan a través de la inocencia, de lo nuevo, merced a la sana curiosidad e imaginación que tienen los niños, cualidades que lamentablemente muchas personas pierden al convertirse en adultos.-

    A lo largo de este hermoso y sentido escrito se puede vislumbrar un subconsciente cargado de conmovedores recuerdos.- Un verdadero tesoro guardado por su autor, extensivo a todos aquellos que vivieron aquellas experiencias, cuyo recuerdo los acompañará por siempre.-

    Cuando uno muestra esas partes del alma, con un sentimiento tal que trasunta el repiqueteo de la palabras, creo que está poniendo de manifiesto esa necesidad que tenemos lo seres humanos de brindar (y recibir) afecto.- El mismo que se siente por el Pueblo, sus Habitantes y sus Paisajes.-

    Recordar y hablar sobre personas, lugares, vivencias, con tanto cariño y aprecio, no solamente compendia una forma de sentir frente al prójimo; también manifiesta que ese lugar de afectos, donde se ubica a los demás, de alguna manera comprende a todos aquellos que esperan (fervientemente) alguna merecida reciprocidad.-

    Sinceramente: La Nota ME CONMOVIÓ.-

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